¿A quién no le han dado ganas de putear?
Puta escuela
Puto tráfico
Puto metro
Puta comida
Puta madre
Puta, no me quiero levantar
Puto ocio
Putos exámenes
Putos hombres
Puta tarea
Puto reggaetón
Puta computadora lenta
Puta clase
Puta gente
Puta familia
Puta vida
.......Puta soledad (sin chillar)
sábado, 30 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
One of my turns
One of my turns
Pink Floyd (R.W.)
Day after day, love turns grey
Like the skin of a dying man.
Night after night,
We pretend it’s all right
But I have grown older and
You have grown colder and
Nothing is very much fun anymore.
And I can feel
One of my turns coming on.
I feel cold as a razor blade,
Tight as a tourniquet,
Dry as a funeral drum.
Run to the bedroom,
In the suitcase on the left
You’ll find my favorite axe.
Don’t look so frightened
This is just a passing phase,
One of my bad days.
Would you like to watch T.V.?
Or get between the sheets?
Or contemplate the silent freeway?
Would you like something to eat?
Would you like to learn to fly?
Would you like to see me try?
Would you like to call the cops?
Do you think it’s time I stopped?
Why are you running away?
Pink Floyd (R.W.)
Day after day, love turns grey
Like the skin of a dying man.
Night after night,
We pretend it’s all right
But I have grown older and
You have grown colder and
Nothing is very much fun anymore.
And I can feel
One of my turns coming on.
I feel cold as a razor blade,
Tight as a tourniquet,
Dry as a funeral drum.
Run to the bedroom,
In the suitcase on the left
You’ll find my favorite axe.
Don’t look so frightened
This is just a passing phase,
One of my bad days.
Would you like to watch T.V.?
Or get between the sheets?
Or contemplate the silent freeway?
Would you like something to eat?
Would you like to learn to fly?
Would you like to see me try?
Would you like to call the cops?
Do you think it’s time I stopped?
Why are you running away?
domingo, 17 de octubre de 2010
¡2 de Octubre, No se olvida!
Gracias a Carlos Fogarino por este cuento..
La mañana del sábado desperté temprano para ir a trabajar, salí de mi casa, tomé un camión que me llevó a la calle de Pino Suárez y después llegué caminando hasta mi trabajo que está en Madero, muy cerca del Zócalo. Al salir del metro vi que no había muchos vendedores afuera de la Catedral, es raro que no los haya un sábado, sólo pensé que ellos no tenían un horario y podían decidir si trabajaban o no. Yo no podía decidir eso, tenía que trabajar. Llegué al trabajo y ya habían abierto los cocineros, la cortina es muy pesada y se atasca, siempre cuesta mucho abrirla, me dio gusto no haber tenido que luchar con ella ese día. Eran las ocho de la mañana, sabía bien que debía comenzar por limpiar las patas de las sillas que estaban encima de las mesas, luego ponerme a barrer para después trapear el piso y finalmente lavar el baño. Lo hice todo y terminé a las diez, después fui a la barra. Pedí mi desayuno, podía sentarme ahí un rato, desayunar tranquilo y…
-“¡Santiago! Está entrando mucho polvo, debes trapear de nuevo… Ándale, no te quedes ahí sentado.” Me dijo mi jefa.
-“Pero ya es mi hora de desayuno.” Le contesté.
-“Aquí siempre es hora de trabajar, desayunarás cuando acabes.”
Maldita sea, cuántas veces es necesario limpiar un lugar, la calle está en reparación, no es mi culpa, siempre habrá polvo, no importa que barra y trapeé de nuevo, en media hora estará sucio otra vez, no hay clientes aún, no veo la necesidad de limpiar de nuevo, debería estar desayunando… Debería estar estudiando y no trabajando. No podía discutir con Adriana, ella era mi jefa y el usar un delantal de color distinto al mío le había hecho pensar que tenía la razón todo el tiempo. Fui de nueva cuenta por la cubeta, la volví a llenar, tomé la escoba, barrí y trapeé el piso otra vez. Cuando acabé regresé a la barra y pude pedir mi desayuno. Huevos de nuevo, es siempre lo mismo, casi todos los días el desayuno son huevos con algo para acompañar, nunca me han gustado mucho, al menos aquí los preparan diferente cada día y después de todo creo que ya comienzo a darme cuenta que con una buena salsa saben bien. Después del desayuno llevo mi plato y taza a la cocina, la Señora Mary me regala un té de manzana, está caliente y es muy sabroso aunque es artificial, en la carta dice que es natural pero no lo es.
Por fin llegan unos clientes, son amables y yo decido recomendarles lo mejor, piden desayunos completos. Les llevo la cuenta, pagan con tarjeta y me dejan veinte pesos de propina, fue bueno atenderlos. Una hora después llega Verónica, la gerente, habla un momento con Adriana, yo estoy parado en el vano de la puerta, no hay clientes, pero los meseros no podemos sentarnos, debemos estar en la puerta invitando a la gente a pasar. Adriana me llama.
-“Santiago, debes limpiar de nuevo, Verónica se enojó, dice que no es posible que el piso esté tan sucio y lleno de tierra.”
-“Pero lo limpié hace un rato, además están reparando la calle, siempre se va a ensuciar.” Le dije.
-“Lo sé, pero Verónica dijo que volvieras a trapear.”
Verónica llega muy tarde y no ve que ya he trapeado dos veces este día, aunque lo viera creo que me seguiría ordenando hacerlo. Voy por el cubo de nuevo, ya no cambio el agua. Trapeo una vez más. Es un día flojo, no llevo muchas propinas.
Tiempo después comienzan a aparecer muchos policías por la calle. Luego llegan al fin otros clientes, limpio su mesa y los atiendo de forma amable, sólo piden café. Es poco trabajo llevar café, pero es una propina casi siempre muy pequeña. A las dos con quince de la tarde, llega un policía, me pide hablar con el encargado, le digo que Verónica es la gerente y lo llevo con ella. Cuando llegamos el policía intenta comenzar a explicarle la situación, pero Verónica lo interrumpe para darme las gracias y entiendo que debo regresar a la puerta. No pude escuchar mucho, ¿qué pasará?
De nuevo en la puerta, siguen apareciendo más policías, se dirigen al Zócalo, llevan cascos y escudos, son muchos pero van en silencio. El policía que habló con Verónica sale y se despide, yo le digo adiós, tengo ganas de preguntarle qué sucede, pero sale muy a prisa. De cualquier forma me habré de enterar, los chismes aquí van de la gerencia a la cocina, y de la cocina a la barra, ahí los recibo yo, aún frescos. Voy a la barra para dejar unas cartas y Adriana se acerca para hablarme.
-“¿Ya sabes qué está pasando Santiago?” Me pregunta Adriana.
-“No, pero no creo que sea algo muy grave.” Le contesté.
-“Pues es que hoy es 2 de octubre. El policía vino a avisarle a Verónica que la marcha viene ya por Eje Central y estarán aquí en cualquier momento, a mí me dijo Mary.”
No lo tenía presente, hoy es 2 de octubre. Verónica viene bajando la escalera, le habla a José en la cocina y a mí, dice que debemos bajar la cortina urgentemente, vamos los tres a bajar la cortina, es muy fácil bajarla, no parece la misma cortina de las mañanas. Le pregunto qué sucede, me explica que es por la marcha del 2 de octubre, dice que es una situación riesgosa. La cortina es cerrada con candado, cerramos también las puertas de cristal que están a la entrada.
Después de todo ese alboroto eran ya las dos cuarenta y cuatro, faltaban sólo dieciséis minutos para mi salida y también para la de José, se lo comenté a José y se nos ocurrió pedirle a Verónica nos dejara salir antes.
-Oye Vero, ya sólo faltan quince minutos para nuestra salida, y el restaurante está ya cerrado. ¿Podemos irnos antes de que la marcha llegue aquí?
-No Santiago, aún no dan las tres, ustedes salen a las tres.
-Sí, pero ya cerramos y si nos quedamos la marcha tardará mucho y luego creo que hacen un mitin en el Zócalo, saldríamos muy tarde.
-Pues sí Santiago, pero aún no dan las tres, ustedes salen a las tres y creo que es mejor por su seguridad que permanezcan aquí, además si se van temprano, no van a poder registrar su salida.
Estaba claro, no nos dejaría salir antes, a Verónica le importaba un carajo nuestra seguridad, José se había enfermado hacía dos semanas, estuvo tosiendo mucho y no lo dejó ir al médico ni salir temprano, sólo sentarse en la cocina también por su seguridad. Ella podía manipular el programa de la computadora donde llevaban los registros de entrada y salida, la había visto hacerlo antes para omitir retardos de Adriana, eran muy amigas.
Verónica ordenó que todos fuéramos a refugiarnos a la cocina, como si la bomba atómica pudiera caer en cualquier momento. Adriana, la señora Mary y Verónica estaban muy nerviosas, decían que cuando pasan las marchas avientan piedras contra la cortina y pintan groserías en las paredes. La señora Mary nos contó la historia del hijo de una de sus vecinas, era estudiante en el 68’, estaba en contra del gobierno y después del 2 de octubre, no supo nunca más nada de él. Dijo también que fue impresionante ver los tanques en las calles y a tantos soldados empuñando armas largas. Verónica contó que ella trabajaba en una tienda de ropa años antes y le tocó una vez alguna marcha de 2 de octubre, cuando la marcha pasó fuera de la tienda los manifestantes rompieron algunos vidrios, se llevaron dos maniquís y grafitearon las paredes. Adriana dijo que algunos amigos de su prepa decían ser socialistas, iban siempre a marchas y le contaban emocionados los destrozos que podían hacer durante ellas de forma impune, también dijo que siempre lo hacían estando alcoholizados. José hizo preguntas sobre las historias que contaban la señora Mary, Verónica y Adriana, yo no dije nada, supongo que no tuve nada para contar. Pasamos en la cocina mucho tiempo, y mientras todos esperaron su turno para contar su historia yo saqué mi Ipod, me puse los audífonos y escuché música. No pasaba nada, simplemente no había ruido alguno y todo estaba en calma. José salió de la cocina y fue a asomarse, dijo que no había nada, sólo gente caminando por la calle, que era ahora un corredor peatonal, y niños jugando en bicicletas. Dijo que éramos el único negocio cerrado. Todos se pararon, no podían creerlo, el único lugar donde pasó algo fue en sus cabezas. Verónica salió a cerciorarse, ordenó que de inmediato abriéramos las puertas y reiniciáramos el trabajo. No había empleados del turno vespertino, pues ella les llamó y les dijo que no se presentaran por la marcha. Dijo que nosotros nos haríamos cargo y que después nos pagaría horas extras, José y la Señora Mary regresaron a la cocina, Adriana a la barra, Verónica a la oficina, yo tuve que ir a trapear la entrada nuevamente. En el suelo había un pequeño panfleto.
‘Al pueblo de México’
Compañeros debemos unirnos y expresar nuestro descontento por los hechos acaecidos el 2 de octubre de 1968. No podemos seguir tolerando las vejaciones que el gobierno emprende contra la clase trabajadora, los estudiantes, los campesinos y las comunidades indígenas. ¡2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!
Unos chicos los estaban repartiendo, debían tener una edad similar a la mía, no más de dieciocho. No sé qué entendían por clase trabajadora, si tuvieran un trabajo como yo, no podrían estar repartiendo papelitos en la calle, tampoco parecían ser campesinos o indígenas, pero lo que menos entiendo es cómo podían adscribirse a la consigna de no olvidar algo que nunca vivieron.
La mañana del sábado desperté temprano para ir a trabajar, salí de mi casa, tomé un camión que me llevó a la calle de Pino Suárez y después llegué caminando hasta mi trabajo que está en Madero, muy cerca del Zócalo. Al salir del metro vi que no había muchos vendedores afuera de la Catedral, es raro que no los haya un sábado, sólo pensé que ellos no tenían un horario y podían decidir si trabajaban o no. Yo no podía decidir eso, tenía que trabajar. Llegué al trabajo y ya habían abierto los cocineros, la cortina es muy pesada y se atasca, siempre cuesta mucho abrirla, me dio gusto no haber tenido que luchar con ella ese día. Eran las ocho de la mañana, sabía bien que debía comenzar por limpiar las patas de las sillas que estaban encima de las mesas, luego ponerme a barrer para después trapear el piso y finalmente lavar el baño. Lo hice todo y terminé a las diez, después fui a la barra. Pedí mi desayuno, podía sentarme ahí un rato, desayunar tranquilo y…
-“¡Santiago! Está entrando mucho polvo, debes trapear de nuevo… Ándale, no te quedes ahí sentado.” Me dijo mi jefa.
-“Pero ya es mi hora de desayuno.” Le contesté.
-“Aquí siempre es hora de trabajar, desayunarás cuando acabes.”
Maldita sea, cuántas veces es necesario limpiar un lugar, la calle está en reparación, no es mi culpa, siempre habrá polvo, no importa que barra y trapeé de nuevo, en media hora estará sucio otra vez, no hay clientes aún, no veo la necesidad de limpiar de nuevo, debería estar desayunando… Debería estar estudiando y no trabajando. No podía discutir con Adriana, ella era mi jefa y el usar un delantal de color distinto al mío le había hecho pensar que tenía la razón todo el tiempo. Fui de nueva cuenta por la cubeta, la volví a llenar, tomé la escoba, barrí y trapeé el piso otra vez. Cuando acabé regresé a la barra y pude pedir mi desayuno. Huevos de nuevo, es siempre lo mismo, casi todos los días el desayuno son huevos con algo para acompañar, nunca me han gustado mucho, al menos aquí los preparan diferente cada día y después de todo creo que ya comienzo a darme cuenta que con una buena salsa saben bien. Después del desayuno llevo mi plato y taza a la cocina, la Señora Mary me regala un té de manzana, está caliente y es muy sabroso aunque es artificial, en la carta dice que es natural pero no lo es.
Por fin llegan unos clientes, son amables y yo decido recomendarles lo mejor, piden desayunos completos. Les llevo la cuenta, pagan con tarjeta y me dejan veinte pesos de propina, fue bueno atenderlos. Una hora después llega Verónica, la gerente, habla un momento con Adriana, yo estoy parado en el vano de la puerta, no hay clientes, pero los meseros no podemos sentarnos, debemos estar en la puerta invitando a la gente a pasar. Adriana me llama.
-“Santiago, debes limpiar de nuevo, Verónica se enojó, dice que no es posible que el piso esté tan sucio y lleno de tierra.”
-“Pero lo limpié hace un rato, además están reparando la calle, siempre se va a ensuciar.” Le dije.
-“Lo sé, pero Verónica dijo que volvieras a trapear.”
Verónica llega muy tarde y no ve que ya he trapeado dos veces este día, aunque lo viera creo que me seguiría ordenando hacerlo. Voy por el cubo de nuevo, ya no cambio el agua. Trapeo una vez más. Es un día flojo, no llevo muchas propinas.
Tiempo después comienzan a aparecer muchos policías por la calle. Luego llegan al fin otros clientes, limpio su mesa y los atiendo de forma amable, sólo piden café. Es poco trabajo llevar café, pero es una propina casi siempre muy pequeña. A las dos con quince de la tarde, llega un policía, me pide hablar con el encargado, le digo que Verónica es la gerente y lo llevo con ella. Cuando llegamos el policía intenta comenzar a explicarle la situación, pero Verónica lo interrumpe para darme las gracias y entiendo que debo regresar a la puerta. No pude escuchar mucho, ¿qué pasará?
De nuevo en la puerta, siguen apareciendo más policías, se dirigen al Zócalo, llevan cascos y escudos, son muchos pero van en silencio. El policía que habló con Verónica sale y se despide, yo le digo adiós, tengo ganas de preguntarle qué sucede, pero sale muy a prisa. De cualquier forma me habré de enterar, los chismes aquí van de la gerencia a la cocina, y de la cocina a la barra, ahí los recibo yo, aún frescos. Voy a la barra para dejar unas cartas y Adriana se acerca para hablarme.
-“¿Ya sabes qué está pasando Santiago?” Me pregunta Adriana.
-“No, pero no creo que sea algo muy grave.” Le contesté.
-“Pues es que hoy es 2 de octubre. El policía vino a avisarle a Verónica que la marcha viene ya por Eje Central y estarán aquí en cualquier momento, a mí me dijo Mary.”
No lo tenía presente, hoy es 2 de octubre. Verónica viene bajando la escalera, le habla a José en la cocina y a mí, dice que debemos bajar la cortina urgentemente, vamos los tres a bajar la cortina, es muy fácil bajarla, no parece la misma cortina de las mañanas. Le pregunto qué sucede, me explica que es por la marcha del 2 de octubre, dice que es una situación riesgosa. La cortina es cerrada con candado, cerramos también las puertas de cristal que están a la entrada.
Después de todo ese alboroto eran ya las dos cuarenta y cuatro, faltaban sólo dieciséis minutos para mi salida y también para la de José, se lo comenté a José y se nos ocurrió pedirle a Verónica nos dejara salir antes.
-Oye Vero, ya sólo faltan quince minutos para nuestra salida, y el restaurante está ya cerrado. ¿Podemos irnos antes de que la marcha llegue aquí?
-No Santiago, aún no dan las tres, ustedes salen a las tres.
-Sí, pero ya cerramos y si nos quedamos la marcha tardará mucho y luego creo que hacen un mitin en el Zócalo, saldríamos muy tarde.
-Pues sí Santiago, pero aún no dan las tres, ustedes salen a las tres y creo que es mejor por su seguridad que permanezcan aquí, además si se van temprano, no van a poder registrar su salida.
Estaba claro, no nos dejaría salir antes, a Verónica le importaba un carajo nuestra seguridad, José se había enfermado hacía dos semanas, estuvo tosiendo mucho y no lo dejó ir al médico ni salir temprano, sólo sentarse en la cocina también por su seguridad. Ella podía manipular el programa de la computadora donde llevaban los registros de entrada y salida, la había visto hacerlo antes para omitir retardos de Adriana, eran muy amigas.
Verónica ordenó que todos fuéramos a refugiarnos a la cocina, como si la bomba atómica pudiera caer en cualquier momento. Adriana, la señora Mary y Verónica estaban muy nerviosas, decían que cuando pasan las marchas avientan piedras contra la cortina y pintan groserías en las paredes. La señora Mary nos contó la historia del hijo de una de sus vecinas, era estudiante en el 68’, estaba en contra del gobierno y después del 2 de octubre, no supo nunca más nada de él. Dijo también que fue impresionante ver los tanques en las calles y a tantos soldados empuñando armas largas. Verónica contó que ella trabajaba en una tienda de ropa años antes y le tocó una vez alguna marcha de 2 de octubre, cuando la marcha pasó fuera de la tienda los manifestantes rompieron algunos vidrios, se llevaron dos maniquís y grafitearon las paredes. Adriana dijo que algunos amigos de su prepa decían ser socialistas, iban siempre a marchas y le contaban emocionados los destrozos que podían hacer durante ellas de forma impune, también dijo que siempre lo hacían estando alcoholizados. José hizo preguntas sobre las historias que contaban la señora Mary, Verónica y Adriana, yo no dije nada, supongo que no tuve nada para contar. Pasamos en la cocina mucho tiempo, y mientras todos esperaron su turno para contar su historia yo saqué mi Ipod, me puse los audífonos y escuché música. No pasaba nada, simplemente no había ruido alguno y todo estaba en calma. José salió de la cocina y fue a asomarse, dijo que no había nada, sólo gente caminando por la calle, que era ahora un corredor peatonal, y niños jugando en bicicletas. Dijo que éramos el único negocio cerrado. Todos se pararon, no podían creerlo, el único lugar donde pasó algo fue en sus cabezas. Verónica salió a cerciorarse, ordenó que de inmediato abriéramos las puertas y reiniciáramos el trabajo. No había empleados del turno vespertino, pues ella les llamó y les dijo que no se presentaran por la marcha. Dijo que nosotros nos haríamos cargo y que después nos pagaría horas extras, José y la Señora Mary regresaron a la cocina, Adriana a la barra, Verónica a la oficina, yo tuve que ir a trapear la entrada nuevamente. En el suelo había un pequeño panfleto.
‘Al pueblo de México’
Compañeros debemos unirnos y expresar nuestro descontento por los hechos acaecidos el 2 de octubre de 1968. No podemos seguir tolerando las vejaciones que el gobierno emprende contra la clase trabajadora, los estudiantes, los campesinos y las comunidades indígenas. ¡2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!
Unos chicos los estaban repartiendo, debían tener una edad similar a la mía, no más de dieciocho. No sé qué entendían por clase trabajadora, si tuvieran un trabajo como yo, no podrían estar repartiendo papelitos en la calle, tampoco parecían ser campesinos o indígenas, pero lo que menos entiendo es cómo podían adscribirse a la consigna de no olvidar algo que nunca vivieron.
viernes, 8 de octubre de 2010
Del otro lado de la calle
Entre pláticas de tipo informal pero en demasía provechosas ha surgido la idea de implementar en este blog un espacio para aquellos que no se atrevían a publicar sus excelentes ideas, aportaciones en este caso narraciones y cuentos.
Así pues, contaré con la magnífica colaboración de dos escritores en potencia quienes aportarán muchísimo a este blog cuya finalidad no es más que la libertad de poner lo que se nos de la chingada gana!
Sin más que agregar esperamos la manumisión de todo buen lector quien tenga el buen atino o infortunio de leer lo que la autora y colaboradores de este blog publicarán en los siguientes meses.
Gracias eMe por este cuento.
DEL OTRO LADO DE LA CALLE
¿Cuántas veces he caminado por esta calle? ¿Cientos? Tal vez miles y siempre veo rostros diferentes.
La ciudad de la esperanza. Definitivamente las miles de personas que transitamos sus calles lo hacemos depositando nuestras esperanzas en algo, algunos en encontrar trabajo, otros en poder encontrar una buena oferta, algunos solo observan y anhelan lo que no pueden tener esperando algún día tenerlo, otros un lugar donde embriagarse… y yo, yo no sé que espero.
Cómo es posible que habiendo tanta gente en esta ciudad no pueda conocer a alguien con quien poder hablar de música, de cine, de arte o de algún libro… en ocasiones observo a la gente en las tiendas de discos y si veo a alguien comprando alguno que me agrade trato de hablarle, pero la gente suele asustarse. Es difícil que suceda que alguien este solo ya que usualmente las personas no salen solas, a nadie le gusta sentirse solo y buscan quien los acompañe a hacer sus compras.
Pero siempre hay sus excepciones: por ejemplo ese chico que camina del otro lado de la calle, en la otra acera, ha atraído mi atención, pareciera que camina en sentido contrario de la gente, pero no es así, usa unos audífonos muy grandes, es obvio que no le interesa la gente, usa sus audífonos como una barrera imaginaria para alejarnos, por su forma de vestir seguramente le gusta el rock, ¡sí! tenía razón se ha detenido a ver las guitarras eléctricas y prueba algunos teclados. Me pregunto ¿qué esperanzas deposita él en estas calles?
¡Oh! ¿Dónde se ha metido? Me distraje un segundo y lo perdí de vista… ¡demonios! Se estaba poniendo interesante. ¡Oh, Ahí está! Entro a una cafetería, seguro espera a alguien, después de todo no fue la excepción.
-¿Qué le voy a servir?
-Un moka chico, por favor.
- Un moka chico, claro, enseguida se lo traigo.
Es muy interesante observarlo, ha pedido un capuchino grande y le vierte cinco cucharas de azúcar, no había notado que se ha quitado los audífonos, seguramente en este lugar se siente cómodo. Saca un libro y antes de abrirlo observa a su alrededor, toma un sorbo de café y lo abre. No alcanzo a leer el título del libro pero es un libro muy pesado, lleva más de la mitad y le cuesta trabajo sostenerlo.
-Su café.
-Sí, gracias.
Cinco tazas después…
No ha dejado de leer, lee-toma café, lee-fuma, toma café-fuma, esto ha hecho durante horas.
He podido observar a la gente que viene a tomar café, todos parecen venir frecuentemente, se saludan unos a otros y si no te conocen también. Hay un par de ancianos sentados en una mesa cercana a la calle, llevan horas con el mismo juego de ajedrez; también hay un chico al cual le dicen el peruano lleva horas con el mismo café, sin embargo ha hecho como tres figuras de alambre, las cuales ofrece a las personas que lo observan trabajar, entran y salen personas. Es un lugar muy tranquilo, aquí no se escucha el ruido que hay en el resto de las calles, la gente solo se sienta a disfrutar de una buena taza de café, de un par de cigarrillos y una buena conversación o de un buen libro.
Ha sonado su celular, ¡oh, qué bien! Tiene como tono El cascanueces de Tchaikovsky, no imagine que le gustara la música clásica. No sé si deba hablarle, lo he pensado toda la tarde, es muy interesante y seguro podría hablar con él sin problemas… ¡Demasiado tarde! Ya se va.
Seguramente lo volveré a ver…
Han pasado semanas desde que lo vi y he vuelto a la cafetería todos los días, ya conozco a la mayoría y el peruano me ha contado algunas cosas de su vida, pero de él no había tenido ninguna señal, hasta hoy.
Hace unos minutos llego acompañado de una chica, seguramente es su novia, aunque no se toman de las manos. Ella no es muy guapa, pero se ve muy feliz y él es más guapo de lo que recordaba, se ve nervioso. Se han sentado en la misma mesa que él tomo la vez pasada.
Se ven muy bien juntos, él habla y habla, pero sin mirarla a los ojos, ella escucha y lo observa, cuando ella baja la mirada para tomar el café, él la observa tímidamente, se quieren más de lo que pueden decirse.
Ella busca su mirada y él la esconde hasta que se rinde y sede, se ven y saben lo que sus miradas dicen, se besan sin dejar de verse a los ojos, diciendo cuanto se aman sin tener que ponerlo en palabras. Al final ambos sonríen y continúan su plática como si nada la hubiera interrumpido.
No soporto verlos, pero tampoco tengo el valor suficiente para irme, quiero saber más de estos dos personajes, empaparme de la felicidad que desprenden. Me hacen pensar que no todo en esta ciudad, es feo y asqueroso, que en esta ciudad llena de basura y esmog también se pueden encontrar cosas bellas y hermosas como una pareja de novios tomados de la mano caminando por estas calles que he transitado miles de veces, me hacen revivir la esperanza de algún día encontrar a alguien con quien pueda caminar y platicar por horas.
Los observo caminar del otro lado de la calle, ella se detiene y le acomoda la bufanda dulcemente, como si tratara de protegerlo, mientras él la observa con ternura, ella levanta la mirada y sabe que encontrara la de él, se encierran en sus miradas y es como si pudieran congelar el tiempo y silenciar el ruido que los rodea, no les importa nadie más, son solo ellos dos, los protagonistas de una película clasica; al despegar sus labios es como si se descongelara todo y volvieran a escuchar las voces y el sonido de los autos.
La envidio, no los envidio a los dos, verlos caminar, porque ellos ya caminan del mismo lado de la acera.
Así pues, contaré con la magnífica colaboración de dos escritores en potencia quienes aportarán muchísimo a este blog cuya finalidad no es más que la libertad de poner lo que se nos de la chingada gana!
Sin más que agregar esperamos la manumisión de todo buen lector quien tenga el buen atino o infortunio de leer lo que la autora y colaboradores de este blog publicarán en los siguientes meses.
Gracias eMe por este cuento.
DEL OTRO LADO DE LA CALLE
¿Cuántas veces he caminado por esta calle? ¿Cientos? Tal vez miles y siempre veo rostros diferentes.
La ciudad de la esperanza. Definitivamente las miles de personas que transitamos sus calles lo hacemos depositando nuestras esperanzas en algo, algunos en encontrar trabajo, otros en poder encontrar una buena oferta, algunos solo observan y anhelan lo que no pueden tener esperando algún día tenerlo, otros un lugar donde embriagarse… y yo, yo no sé que espero.
Cómo es posible que habiendo tanta gente en esta ciudad no pueda conocer a alguien con quien poder hablar de música, de cine, de arte o de algún libro… en ocasiones observo a la gente en las tiendas de discos y si veo a alguien comprando alguno que me agrade trato de hablarle, pero la gente suele asustarse. Es difícil que suceda que alguien este solo ya que usualmente las personas no salen solas, a nadie le gusta sentirse solo y buscan quien los acompañe a hacer sus compras.
Pero siempre hay sus excepciones: por ejemplo ese chico que camina del otro lado de la calle, en la otra acera, ha atraído mi atención, pareciera que camina en sentido contrario de la gente, pero no es así, usa unos audífonos muy grandes, es obvio que no le interesa la gente, usa sus audífonos como una barrera imaginaria para alejarnos, por su forma de vestir seguramente le gusta el rock, ¡sí! tenía razón se ha detenido a ver las guitarras eléctricas y prueba algunos teclados. Me pregunto ¿qué esperanzas deposita él en estas calles?
¡Oh! ¿Dónde se ha metido? Me distraje un segundo y lo perdí de vista… ¡demonios! Se estaba poniendo interesante. ¡Oh, Ahí está! Entro a una cafetería, seguro espera a alguien, después de todo no fue la excepción.
-¿Qué le voy a servir?
-Un moka chico, por favor.
- Un moka chico, claro, enseguida se lo traigo.
Es muy interesante observarlo, ha pedido un capuchino grande y le vierte cinco cucharas de azúcar, no había notado que se ha quitado los audífonos, seguramente en este lugar se siente cómodo. Saca un libro y antes de abrirlo observa a su alrededor, toma un sorbo de café y lo abre. No alcanzo a leer el título del libro pero es un libro muy pesado, lleva más de la mitad y le cuesta trabajo sostenerlo.
-Su café.
-Sí, gracias.
Cinco tazas después…
No ha dejado de leer, lee-toma café, lee-fuma, toma café-fuma, esto ha hecho durante horas.
He podido observar a la gente que viene a tomar café, todos parecen venir frecuentemente, se saludan unos a otros y si no te conocen también. Hay un par de ancianos sentados en una mesa cercana a la calle, llevan horas con el mismo juego de ajedrez; también hay un chico al cual le dicen el peruano lleva horas con el mismo café, sin embargo ha hecho como tres figuras de alambre, las cuales ofrece a las personas que lo observan trabajar, entran y salen personas. Es un lugar muy tranquilo, aquí no se escucha el ruido que hay en el resto de las calles, la gente solo se sienta a disfrutar de una buena taza de café, de un par de cigarrillos y una buena conversación o de un buen libro.
Ha sonado su celular, ¡oh, qué bien! Tiene como tono El cascanueces de Tchaikovsky, no imagine que le gustara la música clásica. No sé si deba hablarle, lo he pensado toda la tarde, es muy interesante y seguro podría hablar con él sin problemas… ¡Demasiado tarde! Ya se va.
Seguramente lo volveré a ver…
Han pasado semanas desde que lo vi y he vuelto a la cafetería todos los días, ya conozco a la mayoría y el peruano me ha contado algunas cosas de su vida, pero de él no había tenido ninguna señal, hasta hoy.
Hace unos minutos llego acompañado de una chica, seguramente es su novia, aunque no se toman de las manos. Ella no es muy guapa, pero se ve muy feliz y él es más guapo de lo que recordaba, se ve nervioso. Se han sentado en la misma mesa que él tomo la vez pasada.
Se ven muy bien juntos, él habla y habla, pero sin mirarla a los ojos, ella escucha y lo observa, cuando ella baja la mirada para tomar el café, él la observa tímidamente, se quieren más de lo que pueden decirse.
Ella busca su mirada y él la esconde hasta que se rinde y sede, se ven y saben lo que sus miradas dicen, se besan sin dejar de verse a los ojos, diciendo cuanto se aman sin tener que ponerlo en palabras. Al final ambos sonríen y continúan su plática como si nada la hubiera interrumpido.
No soporto verlos, pero tampoco tengo el valor suficiente para irme, quiero saber más de estos dos personajes, empaparme de la felicidad que desprenden. Me hacen pensar que no todo en esta ciudad, es feo y asqueroso, que en esta ciudad llena de basura y esmog también se pueden encontrar cosas bellas y hermosas como una pareja de novios tomados de la mano caminando por estas calles que he transitado miles de veces, me hacen revivir la esperanza de algún día encontrar a alguien con quien pueda caminar y platicar por horas.
Los observo caminar del otro lado de la calle, ella se detiene y le acomoda la bufanda dulcemente, como si tratara de protegerlo, mientras él la observa con ternura, ella levanta la mirada y sabe que encontrara la de él, se encierran en sus miradas y es como si pudieran congelar el tiempo y silenciar el ruido que los rodea, no les importa nadie más, son solo ellos dos, los protagonistas de una película clasica; al despegar sus labios es como si se descongelara todo y volvieran a escuchar las voces y el sonido de los autos.
La envidio, no los envidio a los dos, verlos caminar, porque ellos ya caminan del mismo lado de la acera.
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